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jueves, 16 de agosto de 2018

Crónicas - Kilómetro 11, el sitio incierto del nacimiento de un himno

Hola amigos.
La siguiente crónica fue extraída de "El Faro", revista digital federal del Programa de Cultura del Consejo Federal de Inversiones (CFI) (http://revista.cultura.cfi.org.ar), la cual se publicó el 18 de abril de 2018.
Mario del Tránsito Cocomarola -"Coquimarola"- accedió a un reportaje en la ciudad de Corrientes y cuenta los pormenores de la historia sobre la obra cumbre de su padre, "Kilómetro 11".
Hasta la próxima.
Pablo


Texto: María Laura Riba (escritora y periodista)

Fotos y videos: Diego Cerretti
Fotos históricas: gentileza de Pedro Zubieta

Don Mario del Tránsito Cocomarola supo hacer magia con la música en un lugar incierto, donde el azar se junta con caminos de tierra y un pasado no escrito. En Corrientes hay un himno que se canta en español y en guaraní, un himno cuya bandera es el chamamé. "Kilómetro 11" suena, y no hay quien se quede en su asiento ni garganta que no pegue un sapukay.

En agosto se cumplen 100 años del nacimiento de don Tránsito Cocomarola, quien nació en San Cosme, un pueblo de Corrientes distante a 32 km de la capital provincial. Allí, en ese pueblo, el “Taita” del chamamé, movió sus dedos niños, por primera vez, en un acordeón dos hileras de su padre italiano, Felipe Cocomarola.

Este hombre que dio a la música del litoral cientos de obras que trascendieron todas las fronteras, y ofrendó a Corrientes el himno chamamecero "Kilómetro 11", se fue joven, a los 56 años, en 1974, y nos dejó preguntas que hoy nos hacemos sobre este tema. No hay ninguna referencia al respecto del propio Cocomarola; sin embargo, existen las palabras, aquellas que fueron transmitidas a su descendencia. Así, "El Faro" contactó a uno de los hijos del “Taita”, el músico chamamecero del mismo nombre que su padre, Mario del Tránsito Cocomarola; pero conocido por todos como "Coquimarola", quien guarda en su sentimiento más profundo, la huella de su padre, la cadencia al recordar lo que él, alguna vez, le contó.

"Coquimarola" recibió a "El Faro" en un amplio salón de SADAIC, en Corrientes Capital, lugar de donde es presidente de la Junta Consultiva. Fue un día de calor y sol intensos, en el otoño al lado del Paraná, un mediodía donde el “Taita” se hizo presente en la conversación amena.

“El kilómetro 11 del chamamé está ubicado en la zona del primer control que está después del aeropuerto… está el de la entrada a Santa Ana, el otro que va al Perichón y el que va a Paso de la Patria… ahí hay un control… mi papá compuso este chamamé un poquito más adelante de ese control. Ahí, verdaderamente, mi padre compuso Km 11”, comienza diciendo "Coquimarola". 

Uno comprende entonces que aquel lugar no señalizado, ahora ruta asfaltada, aquel punto que uno debe imaginar y que pronto pasará a formar parte de la Autovía próxima a construirse, ese sitio del que habla el músico, fue el escenario de tierra y polvo que bendijo las manos del “Taita”, alrededor de los trece años, para que comenzara a esbozar, a la vera del camino, los acordes del himno chamamecero. 

No hay nada allí, ni un cartel ni una cinta ni un nombre. Sobran los dedos de una mano para contar quién conoce que allí se inició la creación de "Kilómetro 11". Nada que lo indique. “Como correntinos, también nosotros, muchas veces, no nos damos cuenta de lo que tenemos”, dice Coquimarola, y tiene esperanza, porque en el proyecto de la Autovía que pasará por aquel sitio, está contemplada la marcación de ese punto de la historia musical de Corrientes, para que ya no pase inadvertido.

¿POR QUÉ KILÓMETRO 11?

Porque así lo quiso el azar, el destino, algún guiño escondido en el camino. No se sabe con certeza, pero lo que sí se sabe es que existen diferentes versiones al respecto o, más bien, variaciones sobre un mismo tema. "Coquimarola" cuenta que por aquel tiempo, “mi papá no tenía ni bicicleta”. Entonces otra madeja de la historia de "Kilómetro 11", comienza a desenredarse.

“Mi padre era hijo de un inmigrante italiano. Mi abuelo se llamaba Felipe Cocomarola. Nosotros buscamos en los archivos para saber cuál fue nuestro origen, referencias de nuestro apellido. Y no hay. Nos dijeron que, posiblemente, hayan puesto ese apellido cuando entraron al país. Mi papá decía…no sé si en chiste…que mi abuelo era de Capri y en esa isla hay ‘coco’, ‘mar’ y ‘ola’…-el músico se ríe y le brillan los ojos-. No sé si mi padre lo decía en serio, pero decía que de ahí venía el apellido Cocomarola -y esta vez sonríe con nostalgia”.

Felipe Cocomarola, el papá del “Taita”, era agricultor, “tenía un pequeño emprendimiento con mi abuela, doña María Aquino, una señora de San Luis del Palmar -otro pueblo de Corrientes, a 24 km de la capital provincial-. Mi abuelo falleció muy joven. Pero antes, a veces venían hacia Corrientes capital, era todo camino de tierra y mi abuelo tenía una carreta de cuatro ruedas”, cuenta "Coquimarola". Y fue esa carreta de ruedas grandes, la misma que transportaba a toda la familia de Felipe Cocomarola, la que se averió en el camino de tierra, actual Ruta Nacional 12; pero que en aquel tiempo no era tal, puesto que no fue hasta septiembre de 1935, que Vialidad Nacional dio a conocer su primer esquema de numeración de rutas nacionales. Además, la Ruta Nacional 12 tenía por entonces un recorrido distinto al actual en Corrientes -también en Buenos Aires y Entre Ríos-. En 1969 se inauguró la carretera "John Fitzgerald Kennedy" -denominada así la Ruta Nacional 12 en este tramo- entre Itatí, Corrientes, y el límite con la provincia de Misiones. Para ese año, "Kilómetro 11" ya era muy conocido.

De modo que cuando don Tránsito tenía alrededor de 13 años y viajaba en carreta desde San Cosme con toda su familia hacia la capital correntina, probablemente, el eje de alguna de las ruedas de esa carreta se averió. Allí, a un costado del camino, tal vez, su padre Felipe le pidió que tocara algo para matar el tiempo mientras se disponía al arreglo. Así, en el silencio de la tarde imprecisa de un año incierto, un niño casi adolescente daba forma a los primeros acordes de lo que se convertiría en el himno del chamamé. “Era una carreta grande donde venía toda la familia. Mi papá decía que empezó a elaborar "Kilómetro 11" en ese momento, a la tardecita, mientras esperaban que arreglaran la carreta”, narra "Coquimarola".

Y el nombre de "Kilómetro 11" ni siquiera puede pensarse que se deba a algún cartelito con esa referencia, el hijo del “Taita” cree, más bien, que “alguien pudo haber dicho que faltaban once kilómetros para llegar a la capital -de Corrientes-, quién sabe…”.

TOCAR UN DOS HILERAS

“Mi padre empezó a tocar porque mi abuelo hacía ladrillos en su pequeño establecimiento agropecuario, y antes no se usaban máquinas ni otras cosas para ablandar el barro, entonces lo hacía la gente. O sea, se hacían pisaderos donde la gente iba y pisaba. Había cuatro o cinco personas que ablandaban el barro, lo hacían a la noche por el intenso calor del día. Entonces mi abuelo tenía una pequeña acordeoncita y con él le entretenía a su gente trabajando en la noche. A su vez, cuando mi abuelo se cansaba, le decía a mi viejo que hiciera algo, que hiciera ruido, que abriera y cerrara el acordeón…así empezó la historia de papá con la música. Con un acordeón primero, después con bandoneón. A los diez, once años ya interpretaba música”, repasa "Coquimarola", los primeros encuentros de su padre con el instrumento que no volvería a separarse de él.

UNA LETRA DE AMOR PARA UN "KILÓMETRO 11"

Con los años, Cocomarola le dio a Constante Aguer (1918-2010) la música nacida a la orilla de una ruta para que le pusiera una letra. Aguer era porteño, fue poeta, cantor, guitarrista, escritor y periodista. Amaba el guaraní y muchas de sus obras fueron publicaciones bilingües.

El propio Aguer ha contado que alrededor del año 1940, Tránsito Cocomarola tomaba lecciones de música con el maestro Giannantonio en la ciudad de Buenos Aires -Cocomarola ya se había radicado allí-, en tanto, Aguer, lo hacía de solfeo cantado. Ambos se preparaban para dar examen en SADAIC. En esa ocasión, Cocomarola le dio dos composiciones suyas: "Belleza correntina" y "Kilómetro 11" para que le pusiera letra. Sin ninguna otra referencia, el poeta recibió las piezas musicales y pensó que "Kilómetro 11" tendría algo que ver con algún amor surgido en esas tierras, para él, desconocidas, de modo que Constante Aguer imaginó una letra romántica para un "Kilómetro 11" que, en realidad, quién sabe si existió como tal.

UNA POLCA CORRENTINA QUE ES UN CHAMAMÉ

Otro dato es el modo en que "Kilómetro 11" fue registrado. Este tema, si bien por el peso del éxito mundial y por las infinitas versiones que se han hecho, todos saben que se trata de un chamamé, no siempre fue así. Está registrado como Polca Correntina. ¿Qué pasó?, nos lo dice "Coquimarola": 

“En la época en que papá empezó a trabajar venía Samuel Aguayo (1909-1993), un músico muy famoso de Paraguay, él estaba radicado en la Argentina y tocaba música paraguaya. Ellos tocaban con clarinete, con batería, con trompeta, con violines, con bajo, en fin, era una orquesta, pero en un momento tocaban algún motivo popular de acá, como "El Carau", "La Llorona"…había tres o cuatro temas que salían de Corrientes, entonces la gente pedía: ‘Don Samuel, ¿puede tocar "El Carau"?’ -por dar un ejemplo-”. Entonces él decía que sí, pero que también iban a hacer ‘una polca estilo chamamé’, porque decir chamamé, en esa época, era una cosa despectiva. Por eso, para mi manera de ver y escuchar, fue que a "Kilómetro 11" le pusieron polca chamamé…aunque también en esto hay varias versiones, por eso cuando lo van a registrar lo hacen como polca correntina, quedó así, pero es chamamé”.

El tiempo se va cerrando y se apaga el grabador; pero antes de despedirnos, el músico "Coquimarola" nos dice, sin evitar la emoción, que cuando siente "Kilómetro 11" piensa que le hubiera gustado que su padre viviera “un poquito más, para que él pudiera ver la repercusión y las cosas lindas, todo lo que pasó a través de ese tema por la vida”. "Coquimarola", emocionado, todavía se sorprende por aquel lejano chamamé que compusiera su padre: “¡Cómo se agrandó el "Kilómetro 11"!”, exclama, y la sensibilidad, se nota, se le arruga en el pecho: “Me hubiera gustado que él vea cuando se hacen los festivales, todas las veces que se toca "Kilómetro 11". En distintas partes del país, donde se hace una chamameceada, se despiden con el "Kilómetro 11"… eso me hubiera gustado que él pudiera sentirlo”. Lo dice, y la mirada, se le va como el Paraná, detrás del recuerdo.

Fragmento de la entrevista a Mario del Tránsito Cocomarola (hijo):


Chamamé "Kilómetro 11" (de la película "Argentinísima", 1972)





"Trío Cocomarola": José Cejas, Tránsito Cocomarola y Nieves Esquivel (Rodríguez).


sábado, 19 de julio de 2014

El caballo criollo



Por Francisco Solano Giménez
(Sauce de Luna, Entre Ríos)


Los españoles introdujeron en el actual territorio argentino, los primeros yeguarizos, los que con el paso del tiempo y las aguadas y buenas pasturas naturales, se reprodujeron rápidamente multiplicándose por miles. Luego, como todos sabemos, los padrillos o sea los machos adultos, se apartaron cada uno con un lote o tropilla de hembras, a las que las ganaban peleando con otros machos. El que ganaba la pelea se llevaba la manada y así sucesivamente se fueron haciendo distintas manadas o tropillas. Luego, como habían demasiados en la provincia de Buenos Aires, se comenzaron a expandir a otras provincias, cruzando el río y así surgieron nuestros caballos en Entre Ríos.

Los aborígenes primero sólo los comían, luego vieron de a caballo a los españoles y que les ganaban las guerras a los aborígenes de a pie. Se dieron cuenta que montados a caballo sería una guerra pareja y con posibilidades de vencer a los extranjeros invasores de sus tierras, porque ellos, los aborígenes, eran dueños de la tierra. Pero tropezaron con que, como ellos habían nacido y crecido a pie, se les hizo difícil amansar potros, ya que los boleaban, los tenían entre varios, pero cuando montaban y en pelo, más demoraban en soltarlo que en caer a tierra y les fue al principio imposible domesticar a los equinos. Fue entonces que utilizando su astucia los aborígenes o indios subieron arriba de las copas de los árboles que había en las orillas de los arroyos o ríos; echaban entonces las caballadas arreándolas de a pie entre todos y las hacían tirar al agua. Y allí desde arriba de los árboles, los indígenas saltaban sobre los potros impidiéndoles entre todos que salieran del agua, y como todos sabemos que el animal yeguarizo dentro del agua no corcovea dado a que con sus patas tiene que nadar, allí rigoreaban al potro hasta que no bellaqueaba más. Entonces lo dejaban salir del agua tomándolo entre muchos y atándole guascas y sujetándolo a un árbol. Así comenzó la doma de potros de los indios porque no sabían andar a caballo. Al poco tiempo se hicieron diestros jinetes, tal fue que después fueron más jinetes que el español y el criollo. Manejaron y adiestraron también al montado que, guerrero de a caballo, era poco menos que invencible, y como manejaban tan eficazmente las boleadoras y lanzas, les ganaban las batallas a sus enemigos.

Con el paso del tiempo, el caballo ya amansado, de andar, se lo llamó "montado" o "flete". Esta última palabra que parece tan criolla, viene de voz marina, viene de "flota", ya que los conquistadores a sus carabelas les llamaron "flota" o "flotas". Fue entonces que a su medio de movilidad por tierra le llamaron "flete", de allí hasta nuestros días, le decimos "fletes" a los yeguarizos montados de andar. Así arraigado al criollo con los años, y por ser masculino su nombre, se lo llamó FLETE, y el gaucho suele decir "voy a montar a mi flete", refiriéndose a su montado.


Flete criollo y genuino
en todo fuiste un ejemplo,
se te debe un monumento
en cada pueblo argentino;
has cumplido tu destino
con valor y lealtad,
nos diste la libertad
en todo este continente;
y hoy te prohíbe en la ciudad
la ingratitud de la gente.


Flete indio, que en malones
arrasaste las ciudades
no te pararon zanjones
dejando ranchos quemados,
caracoleando cargado,
prendas y chinas en ancas
en alocada carrera;
fuiste una furia en la Pampa
en la huída malonera.


Voy a evocarte mi flete
durante toda mi vida,
el indio fue gran jinete
y en ancas robó cautivas.
Desde la civilización
a las mismas tolderías
la mujer blanca sufría
el maltrato de las chinas
Cafulcurá cabalgaría
desde Chile a la Argentina.


Caballo criollo en las yerras
enlazando novilladas,
amalhaya tu suerte perra
siempre andás a las cinchadas;
al tranco lento en tropeadas
o en el tropel del malón.
Si sos puro corazón
a tu amo fiel y sincero
por ver grande mi Nación
libre la hiciste primero.


En yerras de rinconadas
había que andar bien montado,
pa' correr un rezagado
apartao de la manada;
gente campera acostumbrada
a no errar tiro de lazo
y no saber del fracaso
si bien montado se encuentra
y siempre saldrá del paso
si en el desierto se adentra.


Yo conocí en este pago
fletes de no creer,
eran como un halago
de atropellar y correr,
se sentía un gran placer
el pegar una pechada,
al toro más cabortero
pegársele a la paleta
o esquivar una cornada
haciéndole una gambeta.


Yo he visto caballos flores
bien domados en la boca
en rodeos hacer primores,
obedeciendo a quien lo toca
sentándose en los garrones.
Yo vi correr cimarrones,
bolearlos bajo el pescuezo
juntándoles las dos manos;
muy camperos los paisanos
a pesar de este progreso.


Yo vi correr en los montes
a toda velocidad
y galopar sin aprontes
en la inmensa oscuridad,
pelar el freno ahí nomás,
tirarse y cruzar un río
nadando como el que más
bandear Gualeguay crecido.
Eran gauchos por demás
de mis pagos de Entre Ríos.

Fuente:
Revista "Cuando el Pago se hace Canto" - Edición Nro. 31. Pags. 57-58. Año 2011. Publicación anual de la Fiesta Provincial "Cuando el Pago se hace Canto", La Paz, Entre Ríos.

domingo, 17 de enero de 2010

Carta a Tarragó Ros fechada en enero de 1941


Hola Pablo.
Tal como te había comentado, aquí te envío la fotocopia de esta histórica carta a Tarragó Ros. La historia es así: cuando se estuvo organizando el Museo "Tarragó Ros" en Curuzú Cuatiá, del interior de una vieja revista cayó una vieja y amarillenta carta de un amor juvenil de Tarragó. Alguien tuvo la virtud de juntarla, guardarla y fotocopiarla. Es del 1ro. de enero de 1941 y la firma una tal Margoth (nota del blog: Tarragó Ros contaba en ese entonces con 17 años). Me encantaría que la pongas en la página porque me parece algo hermoso para el recuerdo de "El Rey del Chamamé" en sus juveniles años.
Un abrazo
Pedro Larroque
"La Hora del Chamamé"

La transcripción es la siguiente (se han corregido la ortografía de algunas palabras y la redacción en ciertas partes de la carta):



Curuzú Cuatiá, jueves 1 de enero de 1941
Señor Tarragó Ros
Mi adorado Tarra
:
Ante todo, Feliz Año Nuevo! Como expresión fiel de mi cariño te mando esas humildes flores, que por hoy, es lo único que puedo ofrecerte.
Elegí jazmines, por que tienen un perfume suave como el amor que me ofreciste; dalias rojas ardientes, por que así es el sentimiento que vos me inspiraste.

Te quiero mi vida y mi único deseo es poder mirarte siempre en tus queridos ojos, oir siempre tu voz que suena a música en mis oídos y sentirte siempre a mi lado porque solo así yo concibo la felicidad.

Tuya para siempre

Margoth


No olviden de visitar "Tarragoseando", el blog más tarragosero de la web.
..

viernes, 11 de septiembre de 2009

Crónicas - Villaguay y su palmera milagrosa


Hola a todos.
Hojeando uno de los números de la revista que publica el Centro Cultural "Cuando el Pago se hace Canto", me llamó la atención este artículo que lo quiero compartir con todos Uds.
Para aquellos que no lo saben, Villaguay es uno de los departamentos de la provincia de Entre Ríos y se encuentra ubicado geográficamente en el centro de la misma.
Probablemente el nombre proviene de diversos vocablos de origen guaraní: "Yaguay" (río de tigre), "Yaguaí" (río del tigrecito), "Ibiyá" (tronco) o "Viyá" (culebra), "Cuá" (cueva), "Y" (agua, río, arroyo). Es decir "Manantial que brota del tronco" o "Río o arroyo de las cuevas de las culebras".
Y aunque el artículo no hace referencia al origen etimológico de la palabra "Villaguay", personalmente opino que efectivamente existe una relación entre dicho origen y la historia de "La Palmera Milagrosa".
A leer entonces...
Gracias Carlos "Mange" Casís.
carlosmangecasis@hotmail.com
Hasta la próxima.
Pablo

VILLAGUAY Y SU PALMERA MILAGROSA

Texto de Miguel Angel Federik
(Villaguay, Entre Ríos)

Hace unos años y confirmando que lo mejor de los "Congresos" son las sobremesas, conocí en Concepción del Uruguay a don Carlos A. Castagnino, descendiente de una familia de genoveses que integra la lista fundadora de nuestra segunda identidad: la de europeos transmigrados hacia la paz y el trabajo en tierras de ultramar ya perdidas por los españoles pero aún no ganadas del todo para nosotros.

Asistimos a una injusta disociación entre la concepción sagrada del suelo en que se vive y la propiedad de los campos que sólo se explotan hasta su degradación. Esa tensión persiste en la dulzura y la rabia de los cancioneros reales y de tanto en tanto emerge en las conductas cívicas, puesto que los pueblos osan decir, osan hacer. La microhistoria está llena de estas semillas.

Y como no podía ser de otro modo, hablamos de nuestra tierra -Villaguay, claro está- y salimos a divagar por esos calderos de la memoria colectiva en que hierven y perduran las cosas reales y las cosas mágicas que constituyen la realidad en que vivimos.

En determinado momento y formando parte de estos prodigios apareció "La Palmera Milagrosa de Villaguay". Don Carlos me preguntó si sabía algo de eso. Le dije que había escuchado hablar, pero sólo en boliches de campaña entre barajas y atardeceres con guitarra como formando parte de esa autoafirmación en el milagro histórico que toda criatura necesita para tenerse en pie en una realidad a secas, generalmente brutal y adversa.

Le contesté que nunca me había animado a escribir algo sobre "ella" porque siendo hombre de ciudad y de letras, nadie me iba a creer y menos si lo decía en un poema, ya que la gente cree más en la televisión -que es una mediación virtual- que en la palabra de un poeta, que sólo es mediadora de mundos reales.

Entonces don Carlos me dijo: "Yo tengo la prueba y se la voy a mandar". Y hombre de palabra, me regaló esa prueba y ahora estoy en frente a la quinta página de "EL CENSOR" de Gualeguaychú del día martes 25 de enero de 1944, escribiendo esa noticia de cuando lo mágico nos visitaba.

Se titula: "EL MILAGRO DE UNA PALMERA FAMOSA ENCLAVADA EN LAS SELVAS DEL MONTIEL" - Leyendas Sugestivas - Una bendición de Dios - Propiedades Terapéuticas - La agonía de los Montes...Y luego cuenta una verdad maravillosa anterior al "realismo mágico", y por supuesto anterior a la desoladora visión satelital de nuestros campos de hoy.

Dice allí Adolfo Perotti: "...Corría el año 1870 cuando apareció en el distrito Raíces Oeste del Departamento Villaguay, campos de los Velázquez, una palmera de características originales que llamó la atención de los vecinos, provocando toda clase de comentarios. Era aquella una época de prolongada sequía, desesperante situación que se agravaba por un horizonte erizado de peligros y amenazas. Ese hermoso ejemplar de yatay que creció paulatinamente, mide en la actualidad dos metros de circunferencia y tiene una altura de dieciocho metros. En el tronco a ras de tierra, presenta un hueco de cuarenta centímetros de profundidad por donde surge permanentemente un chorro de agua cristalina y fresca, con la excepcional particularidad que sustituye inmediatamente la cantidad que se extrae y jamás se rebasa..."

Y como si ésto fuera poco, el artículo se ilustra con una fotografía, para prueba de los incrédulos de siempre. Y viendo ésta -donde hay un hombre en pie- los dieciocho metros de altura se hacen casi creíbles y mirando el caballo y el algarrobal detrás, quizás también su diámetro. Pero esas son artimañas de la fotografía.

Se dice que sus "aguas curativas" eras buscadas por las tropas de Urquiza y los heridos de todos los bandos en las contiendas del ayer. Escuché decir que tenía atado con cadenas un jarro para el caminante...Se dice que era 1870...en albores del Jordanismo. Se dice que esa palmera fue el consuelo del sediento en las Selvas del Montiel...y que hombres estudiosos atraídos por las curiosas leyendas han observado el fenómeno llegando a las más variadas conclusiones...Es decir: no es leyenda. Solamente la vieron con ojos no educados para ver la maravilla. A todos nos asiste siempre alguna forma de sordera en la mirada.

Se cuenta allí que el Dr. López Etchevehere lamentaba "con dolor ver agonizar el monte aborigen". Digo hoy: el Dr. Emiliano Carulla por mismos '40 advertía sobre la destrucción de la Selva de Montiel que se iba como leña por los "puertos naturales" a suplir las deficiencias energéticas de la Europa en guerra, haciéndose portavoz inaugural de cuanto ahora llamamos defensa del medio ambiente, otro consuelo de la primera y última verdad: todos vivimos con una pie en la tierra y el otro en lo sagrado. Nadie podría vivir sólo en el "medio ambiente". Vivimos en la cultura, habitamos más de una lengua. Un rancho lleno de estampitas y una casa llena de bibliotecas, son lo mismo. Nadie se sostiene en pie sin sus ecos y sus diálogos constantes con los vivos y los muertos.

Lo cierto es que un diario de Gualeguaychú de hace más de medio siglo daba noticias de que en el departamento Villaguay había una palmera milagrosa de aguas curativas...También es cierto que hoy no existe. Algunos dicen que la "partió un rayo" repitiendo el ciclo cósmico: "lo que el Cielo da, el Cielo quita". Y sabrá el Cielo por qué lo hizo.

Hacheros actuales de los pocos montes que van quedando entre Villaguay y La Paz me han dicho: "No se crea eso...Toda palmera da agua en las raíces..." amortiguando aquel prodigio...o haciendo gala de ese conocimiento popular que transfiere de una palmera a todas las palmeras las mismas facultades y propiedades maravillosas. Negar lo maravilloso único, también es una estrategia del olvido.

Tuvimos una "palmera milagrosa con aguas curativas" y de ella bebieron y con ella curaron sus heridas los guerreros que inventaron Entre Ríos y de ella daban cuenta los diarios de la provincia y los hombres estudiosos hasta mediados del siglo XX. En la cosmogonía guaranítica la primera tierra se sostenía sobre cinco palmeras eternas. Tal vez la de Raíces Oeste fue una hija sobreviviente de aquellas.

Y tengo la prueba: esta quinta página de "EL CENSOR" de Gualeguaychú del martes 25 de enero de 1944. Y aún no había nacido.

Revista "Cuando el Pago se hace Canto" - Edición Nro. 28. Pags. 79-80. 2008.
Publicación anual de la Fiesta Provincial "Cuando el Pago se hace Canto", La Paz, Entre Ríos.

viernes, 8 de mayo de 2009

El significado de "Panza verde" y "Tagüé"



Hola a todos.
Muchas veces leí y escuché decir "panza verde"..."tagüé"...
Contrariamente a lo que se cree, "panza verde" no se refiere a que los entrerrianos somos grandes tomadores de mate (como nuestros vecinos los uruguayos).
Por otra parte, nuestros vecinos del norte, los correntinos, nos dicen "tagüé...¿pero qué significan realmente estos términos?.

Las respuestas, en este artículo publicado en la Revista "Cuando el Pago se hace Canto".
Muchas gracias "Mange"!

Pablo


Esta noche que hay baile
en el rancho e' la Cambicha
chamamé de sobrepaso
tangueadito bailaré...
Chamamé milongueado
al estilo oriental
troteando despacito
como bailan los tagüé...

"El rancho e' la Cambicha"
de Mario Millán Medina
(fragmento)

Si me llaman "panza verde"
y hasta me dicen "tagüé",
es porque soy entrerriano
en donde quiera que esté.


Coplas anónimas.

"Panza verde"

Así le decían a los soldados del General Justo José de Urquiza, gobernador de Entre Ríos, cuyo uniforme del color rojo era similar al de los federales del Brigadier don Juan Manuel de Rosas, gobernador de Buenos Aires. Sólo lo diferenciaba una pechera blanca prendida al uniforme desde la cintura hasta el cuello, que al arrastrarse entre los yuyos y pastos se teñía de verde, de ahí que los soldados del bando contrario solían llamarlos "panza verde".

"Tagüé"

Este apodo tiene relación con otro hecho histórico: la "Batalla de Caá Guazú", librada el 28 de noviembre de 1841, entre el ejército entrerriano, comandado por el General Pascual Echagüe, y el correntino comandado por el General José María Paz. En aquel tiempo se usaban los trabucos cargados con pólvora por adelante, es decir, por la boca del cañón del arma, y como proyectiles se utilizaban perdigotes (bolitas de plomo). Al disparar los proyectiles, algunos hacían impacto en el pecho y en la cara de los soldados entrerrianos, pero debido a la larga y espesa barba, los proyectiles no penetraban profundamente y no causaban mayores daños. Eso sí...quedaban ensagrentados a causa de los impactos. De ahí viene el apodo de "entrerriano tagüé", que traducido del idioma guaraní, quiere decir "entrerriano pelo duro". Sucedió este hecho a orillas del Arroyo Caá Guazú, en la batalla del mismo nombre, provincia de Corrientes.


Más información: Batalla de Caaguazú


Autor del artículo: Roque Casals (Santa Elena, Entre Ríos).

Extraído de la Revista "Cuando el Pago se hace Canto" - Edición Nro. 26. Pag. 6. 2006.
Publicación anual de la Fiesta Provincial "Cuando el Pago se hace Canto", La Paz, Entre Ríos.

Editor responsable: Centro Cultural "Cuando el Pago se hace Canto".
Coordinación General: Carlos "Mange" Casís, Italia 1395, La Paz (3190) Entre Ríos, Argentina.

E-mail: carlosmangecasis@hotmail.com